Sábado 31 de octubre de 2015 ELPAÍS 11
OPINIÓN
A la memoria de mi hermana
Dolores (1942-2015)
Avatares de la creencia en Dios
MANUEL FRAIJÓ
Es obvio que en la
actualidad Dios no encuentra fácil acomodo en la geografía occidental “Si uno
tiene respuesta a todas las preguntas es
prueba de que Dios no
está con él”, dice el Papa. Es posible que en el secreto recinto personal se escuche la
atormentada voz de Pascal con su inolvidable ‘incomprensible que exista Dios e
incomprensible que no exista’: la dialéctica entre el sí y el no, compañera
asidua de la condición humana.
En plena Ilustración europea se prohibían en
España los libros que intentasen demostrar la existência de Dios; se los
consideraba peligrosos. Y es que Dios era tan evidente que no necesitaba
demostración alguna. Se cuenta que durante el reinado de Felipe IV
(1621-1665) se pensó, para remediar la pobreza de
nuestras tierras, en canalizar
los ríos Manzanares y Tajo; pero una ilustre comisión
de teólogos se declaró en
contra con la siguiente sutil argumentación:
si Dios hubiese querido que ambos
ríos fuesen navegables le habría bastado con
pronunciar un sencillo “hágase”. Si
no lo hizo, sus razones tendría. Y no está permitido
enmendarle la plana.
Salta a la vista que por aquellas fechas Dios
era algo inmediato, asequible, presente,
familiar. Era un dato más de la realidad, o
incluso el gran dato. Europa y, por supuesto, España convivían sin mayores traumas
con la fe en Dios, una fe heredada de las buenas gentes del pasado. También
parece obvio que en la actualidad Dios no encuentra fácil acomodo, al menos en
la geografía occidental. Hace más de un siglo que Nietzsche, con su habitual
desparpajo, lo envió a engrossar la lista del paro; lo declaró viejo y cansado,
incapaz de asumir las tareas que los nuevos
tiempos demandan. Y un gran conocedor e intérprete de Nietzsche, Martin
Heidegger, no tuvo reparo en afirmar que “en el ámbito del pensamento es mejor
no hablar de Dios”. Se tiene la impresión de que la recomendación del filósofo
de la Selva Negra goza de notable aceptación. En España, constataba con ironía
Antonio Machado, “se puede hablar de la esencia del queso manchego, pero nunca
de Dios…”. Se ha hecho un gran silencio sobre Dios; su muerte ha sido
repetidamente anunciada. Lo hizo, pero sin triunfalismo ni euforia, Nietzsche.
De hecho percibió como pocos que, sin Dios, sonaba la hora del desierto, del
vacío total, del nihilismo completo. Acudió a tres certeras metáforas para
ilustrar las consecuencias de la muerte de Dios: se vacía el “mar”, es decir, ya
no podremos saciar nuestra sed de infinitud y trascendencia; se borra el
“horizonte” o, lo que es igual, nos quedamos sin referente último para vivir y
actuar en la historia, se esfuman los valores; y, por último, el “sol” se separa
de la tierra, es decir, el frío y la oscuridad lo invaden
todo, el mundo deja de ser hogar. ¡Noble forma
de despedir a un difunto! Nietzsche
era consciente de que la muerte de Dios cambiaba
el destino del mundo y de la historia y le quiso dedicar un gran elogio fúnebre.
Repetidamente se ha evocado el carácter clarividente, casi profético, de la
figura de este genial escritor y filósofo.
¿Intuiría que un siglo después de su muerte, en
nuestros días, nos íbamos a quedar casi sin mar, sin horizonte, sin sol? Tal
vez fue consciente de la notable dificultad que entraña convertir en categorias
seculares vinculantes los pilares religiosos de antaño.
No parece posible, ni lo pretende este artículo,
retornar a los lejanos tempos en los que la presencia de Dios era tan obvia que
se contaba con él a la hora de canalizar los ríos. Occidente ha seguido, más
bien, el itinerario de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, el segundo la
razón, y el tercero y último el hombre”. En el ámbito filosófico, la teologia de
ayer se llama hoy antropología. Y tampoco asistimos en la actualidad a contundentes
proclamaciones de ateísmo. El ardor negativo de otros tiempos ha dado paso al
desinterés actual. Muchos ateos de ayer prefieren llamarse hoy increyentes. Y
es que tal vez todos, creyentes e increyentes, nos hemos dado cuenta, como Bonhoeffer,
de que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su invisibilidad”, en
el carácter misterioso de su revelación. Bien lo sabía san Agustín: “Si lo comprendes,
no es Dios”. De ahí que el aplomo afirmativo de otras épocas haya
sido reemplazado por un incómodo balanceo entre
el sí y el no. Elmaestro Eckhart
era llamado “el hombre del sí y del no”. Se
referían al carácter dialéctico de su
pensamiento, también cuando hablaba de Dios.
Solo abandonaba la dialéctica cuando se disponía a preparar una sopilla para
los pobres; no había para él urgência mayor. Impresiona constatar cómo
creyentes tan profundos y auténticos como José Gómez Caffarena se adherían a la
“dramática ponderación entre el sí y el no a la fe cristiana”. En él vencía el
sí, pero su fe supo de noches oscuras, de travesías del desierto. Y no es menor
la impresión que causan algunas frases del papa Francisco: “Si una persona dice
que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de
incertidumbre, algo no va bien”. O esta otra: “Si uno tiene respuesta a todas
las preguntas es prueba de que Dios no está con él”. Y añade: “Un Cristiano que
lo tiene todo claro y seguro no va
a encontrar nada”. Desde luego no estamos ante
un lenguaje muy pontificio, pero sí hondamente humano, altamente teológico,
y sensible a nuestro convulso siglo XXI.
No puede, pues, extrañar que dos grandes maestros
de la teología cristiana, Karl Rahner y Karl Barth, se mostrasen abiertos a una
teología más propensa a la pregunta que a la respuesta. Preguntado en una
ocasión el primero si de veras se consideraba creyente cristiano, respondió con
aire taciturno: “Sí, pero no a tempo completo”. Obviamente no quería decir que,
por ejemplo, era creyente en las horas centrales del día e increyente al
atardecer. Sencillamente aludía al carácter débil,
precario, de su fe; estaba traduciendo
al lenguaje de nuestro tiempo el evangélico
“creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad”. Rahner, calificado por H.
Fries como “el mayor testigo de la fe del siglo XX”, solo se consideraba, pues,
creyente a intervalos. Es más: dejó escrito que lo de ser cristiano no es um “estado”,
sino una meta, un ideal. Propiamente no es correcto decir “soy cristiano”, sino
“aspiro a ser cristiano”. En parecidos términos se expresaba el otro gran maestro,
en este caso de la teología protestante, Karl Barth, al rechazar la distinción entre
creyentes e increyentes. Aducía que él conocía a un increyente llamado
Karl Barth. En realidad, la tradición cristiana
siempre supo que somos ambas cosas a la vez, creyentes e increyentes. Nuestro
Unamuno lo expresó lapidariamente: “Fe que no duda es fe muerta”. Por último:
los avatares de la creencia en Dios son asunto de la “interioridade apasionada”
(Kierkegaard) de cada creyente. Pero es posible que en ese secreto recinto
personal se escuche la atormentada voz de Pascal con su inolvidable
“incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. Es, de nuevo,
la
dialéctica entre el sí y el no, compañera asidua
de la condición humana y de la creencia religiosa.
Manuel Fraijó es catedrático
emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.
EDUARDO ESTRADA
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